El Buceo con tiburones es, para mí, la combinación exacta entre felicidad y temor. No importa cuántas veces ocurra: cada encuentro activa la misma alerta interna. No solo por lo imponente de su presencia, sino por esa idea inevitable de que, en un descuido, podría pasar lo peor. Y aunque su cercanía me impacienta un poco, también me atrapa.
Pienso en algo muy simple: es un animal primitivo, guiado por instinto. No tiene por qué “entender” que soy inofensivo. En cualquier momento podría decidir probar suerte con mis extremidades. Pero, curiosamente, es ahí donde ocurre el giro: cuando la adrenalina hace su trabajo, el cuerpo se enfoca y el miedo se vuelve claridad. En ese punto exacto, la experiencia se convierte en fascinación. Por eso bucear con tiburones, para mí, termina siendo adictivo.
La primera vez: Cozumel y el tiburón nodriza
Mi primer tiburón lo vi en la Isla de Cozumel, México. Era un tiburón nodriza (Ginglymostoma cirratum): dócil, tranquilo, con cero “cara de malo”. Si tuviera personalidad, diría que era incluso un poco bobo. Pero era mi primer tiburón, y eso lo cambió todo.
De solo verlo, se me aceleró el ritmo cardíaco y consumí aire como si el regulador tuviera fuga. Aun así, no sentí miedo. Ya había leído sobre la especie y su comportamiento calmado me dio confianza. Me acerqué, lo observé con paciencia, y pude retratarlo con mi cámara.
Al salir, mis compañeros comentaban el avistamiento con naturalidad. Para ellos fue “vimos un tiburón, listo”. Para mí fue como si hubiera visto al tiburón blanco en persona. Recuerdo decirle al divemaster, emocionado: “¿Viste el tiburón?” y él responder, sin mucha ceremonia: “Sí, pero era un nodriza”. Su cara decía “no es gran cosa”. La mía decía “acabo de desbloquear un sueño”.
Buceo con tiburones en Colombia: Providencia, San Andrés y Gorgona
Con el tiempo, mientras me formaba como buceador y acumulaba inmersiones, fui conociendo otras especies: algunas más parecidas a las de las películas, con dientes visibles y esa aleta dorsal que parece firmar autoridad en el agua. Lo interesante es que, incluso con especies distintas, el núcleo emocional se repetía: admiración, alerta y un respeto que crece con cada encuentro.
Providencia: tiburones grises de arrecife
En la Isla de Providencia, Colombia, me rodearon tres o cuatro tiburones grises de arrecife (Carcharhinus perezi). Fue un acompañamiento curioso, constante. Estuvieron cerca durante buena parte de la inmersión, obligándome a agudizar los sentidos para saber dónde estaban y qué hacían. Aunque nada “pasó”, mi sensación de inseguridad se mantuvo todo el tiempo.
Salí eufórico, pero también aliviado de que hubiera terminado. Lo irónico es que aún no sabía que en esa isla el tiburón era parte del paisaje: gran parte de las inmersiones siguientes fueron con ellos, una y otra vez. Esa repetición me dejó una lección clara: los invasores somos nosotros. Y, en la práctica, no representan el peligro que la imaginación insiste en fabricar.
San Andrés: tiburón martillo gigante
En San Andrés me crucé con el tiburón martillo gigante (Sphyrna mokarran). Es tímido, y por eso verlo tiene un valor especial. Me fui detrás, buscando una buena toma con la cámara, porque no es común encontrarlos allí y quería documentarlo. Fue uno de esos instantes en los que el océano te regala algo raro, y tú solo intentas estar a la altura del momento.
Gorgona: tiburón aletiblanco de arrecife
En la Isla de Gorgona, Colombia, vi el tiburón aletiblanco de arrecife (Triaenodon obesus), especialmente en el spot conocido como “la tiburonera”, donde abundan. Ahí la experiencia se vuelve más contemplativa: el tiburón deja de ser “evento” y se convierte en “contexto”. Y cuando eso pasa, cambia la manera de bucear: menos ansiedad, más observación.
Malpelo: el pináculo del buceo con tiburones
Hasta hoy, el punto más alto de mis inmersiones con tiburones ha sido la Isla de Malpelo. Una roca en medio de la nada, a la que se llega tras aproximadamente 36 horas de navegación. Es uno de los corredores migratorios de pelágicos más biodiversos del mundo, famoso por sus escuelas de tiburones martillo.
En Malpelo, “abundancia” no es un adjetivo exagerado: es una descripción práctica. Desde que entré al agua hasta que me fui, me crucé con tiburones de distintas especies: tiburones galápagos (Carcharhinus galapagensis), tiburones silky (Carcharhinus falciformis), y encuentros constantes que elevan el estándar de lo que uno cree posible bajo el agua.
Pero si hay una escena que aún hoy siento en el pecho, fue el avistamiento de una escuela de tiburones martillo (Sphyrna lewini). Serían unos 300 o más, mal contados. Pasaban y pasaban frente a mí durante toda la inmersión. Lo grabé con lágrimas. No por miedo, sino por lo majestuoso. Es de esas experiencias que te reordenan por dentro y que, sin duda, recomendaría a cualquier buceador.
La importancia de los tiburones en el ecosistema marino
Con cada viaje y cada encuentro, mi interés se volvió más profundo: aprender cómo bucear a su lado, comprender su papel en los océanos y desmitificar por cuenta propia esa fama de asesinos implacables construida por Hollywood.
Lo realmente peligroso no es estar cerca de un tiburón. Lo peligroso es que desaparezcan. La caza indiscriminada —por sus aletas, por industria cosmética, por alimento para animales, entre otros usos— altera la cadena trófica y genera impactos graves, muchas veces irreversibles, en el ecosistema marino. Y de ese ecosistema dependen millones de personas en el planeta.
Cambiar la mentalidad sobre los tiburones no es una moda: es una responsabilidad. Para cuidarlos, hay que entenderlos. Para protegerlos, hay que dejar de verlos como villanos. Y, sobre todo, para seguir admirándolos en nuestras inmersiones, hay que asegurar que sigan existiendo.
JUAN MANUEL GUZMÁN – @jmdiving